12/3/09

ELLA LA CIENCIA, por Vincent Von Streitsen

“No sospechábamos entonces que la bendita ciencia acabaría por sentar, por decirlo así, a la humanidad entera sobre una poderosa bomba pronto a estallar.”
Esta cita pertenece a un profesor llamado Salvador R. Vicini y es un ejemplo más del slogan multifacético en contra de la gaya ciencia.

La gaya ciencia sentando nuestros traseros sobre una bomba latente...aparte de deprimirme la poca originalidad que transpira esta escueta metáfora, no puedo evitar el asombro ante la ironía de que sea un profesor el que nos enseñe lo “malvada” que puede llegar a ser la ciencia. Si por una remota combinación cósmica algún niño muy pequeño leyera esta estúpida frase, me lo imagino preguntándole a su progenitora: “Mami, ¿quien es la ciencia?”. Por suerte, es difícil que algún niño muy pequeño se tope alguna vez con esta u otras disertaciones de adultos en discordia, y así no habrá oportunidad de que llegue a la lógica conclusión de que la ciencia es algún tipo de villana de historieta.
Mi queridísimo señor Vicini: la ciencia - me da vergüenza aclararle esto en público – no es ni mala ni buena, ni sarcásticamente bendita ni mitológicamente diabólica (Salvador utiliza como otro de sus envidiables recursos expresivos, el fuego de Zeus robado por Prometeo y entregado a los mortales).
Ciencia es simplemente uno de los tantos nombres que le hemos dado a la eterna búsqueda por satisfacer nuestra natural curiosidad. Son los hombres, benévolos o peligrosos, los que recurren a ella como un medio para lograr ciertos fines, al igual que lo que sucede con cualquier otra herramienta física o mental.
La verdadera bomba, mis amigos mortales, está en nosotros mismos. Son nuestros pequeños corazones latiendo indomables al compás de lo que creemos que está bien y lo que sabemos que está mal. Dejemos de culpar, pues, al pobre martillo; no es más que un simple palo con punta de metal.

Junio del 2005

7/9/08

LAS LOCAS AVENTURAS DE LOS JUGLARES MARINOS, por Niko Gadda Thompson

La historia detrás de este relato fantástico es lo suficientemente curiosa como para pretender aquí contarla a modo de introducción. Y sucede que “Las locas aventuras…” no sólo es un delirio esquizofrénico, sino que está basado en hechos reales.
Así es, amigos; los juglares marinos no son otros que la primer camada de personajes verídicos con los que me tocó convivir en mi querida Pirámide, la casa de Tigre (no “del” Tigre, que sino los locales se me enojan) en la cual tuve el privilegio de habitar durante casi tres años de mi dorada juventud. En aquella época sumábamos 7 barbudos andrajosos, los siete que están representados en “Las aventuras…” y con el correr de los meses se fueron sumando otros barbudos andrajosos -y algunas barbudas también- hasta llegar a sumar nada menos que 10 miembros humanoides, más dos gatos y un niñito revoltoso de tan sólo dos abriles. Verdadera tribu de hijos adoptivos, fuimos los hijos de esta Pirámide, el hogar y el oasis de una bohemia anónima y delirante, de esas que no producen más que milagros en la vida cotidiana, sin dejar más rastro que en la memoria de unos pocos afortunados. Una loca fiesta inolvidable…
En fin, como les iba diciendo, el relato de los juglares está basado en la primer camada de perejiles fumeta que vivieron en la casa (en realidad hubieron dos o tres miembros anteriores, como aquel que hace honor al “Almirante Dor Vaal”, quien fuera el hijo mayor de la dueña y el responsable de la germinación de todo este fenómeno pisco-antropológico cualquierístico).
La idea que dió origen al relato fue mi intención de hacerle un homenaje a la casa. Entonces se me ocurrió sugerirle al editor de la revista “Barcos Magazine”, para la cual colaboraba, que me publicara un cuento escrito “especialmente” para la misma. Este buen hombre, ignorando mis verdaderas intenciones, aceptó gustoso y así me largué con esta historia que está llena de chistes y jergas internas descifrables únicamente por la gente de la casa. Más de 15.000 ceños se deben haber fruncido ante tan exóticas ocurrencias. Algún flashero se habrá divertido, espero, pues dentro de lo posible intenté mantener una estructura primaria compatible con la coherencia. Pero la verdad es que todo el texto fue diseñado para el deleite exclusivo de los piramidales y sus allegados (las chichís, por ejemplo, están inspiradas en señoritas reales), los cuales de repente se encontrarían reflejados en una historia delirante publicada en esta revista, a lo menos, seria y prestigiosa.
El artículo original llega a la mitad de “Las aventuras…”, cuando los juglares encuentran la isla con forma de mujer. El resto lo escribí para una segunda parte que nunca se publicó, pues el chiste no llegó a tanto. El editor me mandó a cagar con las siguientes palabras: “¡Qué querés que te diga! La primera parte no se entiende un sorongo. Tus cuentos son muy raros, pibe.”
Y me terminó sentenciando con que una primera estaba bien, pero que ya dos sería demasiado.


Con ustedes,
Las locas aventuras de los juglares marinos
Sugerencias y asesoramiento histórico a cargo de Mitzuca Chinycó
Sugerencias racionales y asesoramiento histórico confiable a cargo de Vincent Von Streitsen


Aún hoy recuerdan los porfiados marineros que ahogan sus penas en el bar del viejo malecón las locas historias del Tigre Egipcio, el alegre bergantín de los juglares marinos. Muchas han sido sus aventuras, la mayoría engullidas ya por la indiferencia del olvido; pero aún algunas permanecen vivas, circulando obstinadamente en el éter de los mitos.
La leyenda comenzó una noche sin luna del año 1606. Las olas crecían sin piedad y el frío era intenso como cachetada seca. En aquellos años de escorbuto y superstición, los marinos no contaban con los abrigos suficientes para poder soportar sin dolor las bajas temperaturas de los mares del sur y el latigazo constante de las gélidas aguas que en tiempos de tormenta acarician la piel como lo haría la misma muerte. La tripulación del Egipcio sentía esas caricias, las sentía hasta los huesos. Y aún así, no era el frío lo que más los abrumaba. Muy pronto, las fichas cambiarían de posición en el absurdo tablero de sus existencias.


La tripulación
El Cazador, personaje austero y algo siniestro, de ojos azul profundo y nariz aguileña, ostentaba un pasado oscuro y lleno de secretos. Mucho antes de conocer el océano sus pasos habían dejado huella en las oscuras montañas del norte canadiense, paisaje que lo vio nacer y cazar sus primeras presas.





El cazador



A Bum Bum Kid, hijo pródigo de la madre Rusia, le decían así porque era un maestro -o sea, un psicópata obsesivo- en el arte de la artillería pesada. Su especialidad desde los cinco años: cañonazo limpio a los mástiles enemigos.




Bum Bum Kid



Pantanetti era, sin lugar a dudas, el galán de la pandilla. Auténtico mestizo, fruto del amor pasajero entre una india Caribe y un negrero portugués, "El Panta" -como sólo se lo conocía en los pasillos del egipcio- se hacía pasar por Don Juan del Carabajal, un “hidalgo español nacido entre Castilla y León” (el muy bruto), con el insaciable propósito de cortejar a todas las mujeres, mujercitas y mujerzuelas que se atravesaran en su camino. A todas ellas él sabía conquistar.




Pantanetti


Romanicus Doorn Idus era un muchacho alto y respingado, de finos modales y una abierta predilección por la Historia, la cocina tailandesa y las juergas noctámbulas. Sudafricano por cuarta generación, sus ancestros habían pertenecido a las camadas pioneras de los Bóers transplantados al continente negro. Enamoradizo por definición, vivía con la eterna ilusión de desposar a Florancia de los Olivos, una bella doncella que había conocido en los balnearios de La Gomera. Ávido escritor, mantenía una detallada crónica de sus días en altamar.



Romanicus



El cocinero de la embarcación, mejor conocido como el Apóstol, era un hombrecillo enjuto y atormentado. Los avatares propios de una vida intensa y sacrificada constituían un campo fértil para usar su imaginación y soltar las más satíricas e irónicas ocurrencias. Sus pasteles de manzana eran insuperables.





El Apostol


Aldus Chónchulon, un mongol pequeño y orgulloso, era un auténtico bipolar de época. De día, todo un caballero; sobrio como monja en penitencia, gustaba de las charlas profundas y era una esponja absorbiendo conocimientos. De noche también era una esponja, pero del ron cubano y la cerveza casera. Sus titánicas borracheras lo hicieron famoso en los siete rincones de este alcohólico planeta.





Aldus Chonchulon


El séptimo y último tripulante decía llamarse Calvino Nahik, aunque nadie supo nunca si aquel era su verdadero nombre. Hijo de colonos ingleses –aseguraba provenir de las orillas de Sumatra- Calvino era un muchacho refinado y bonachón. Amigo de la farsa metafórica y las metáforas farsantes, siempre estaba dando el coñazo con preguntas incisivas e inoportunas, embelesado con la idea de develar quién sabe qué ridículos secretos.




Calvino Naik


Aquella noche, no sólo fueron borracheras autodestructivas y señoras trifulcas en la cubierta del egipcio. Un sentimiento de unión y deber al prójimo reinaba subrepticiamente entre los miembros de la más rebelde y divertida pandilla de piratas medievales. Y es un hecho (rotundo, por cierto) que el Tigre VII sería, al amanecer del día siguiente, un barco sin capitán. El último de los oficiales al mando, el Almirante Dor Vaal, murió misteriosamente esa noche de tormenta, y jamás nadie se tomaría el trabajo de reemplazarlo.




Almirante Dor Vaal



La tripulación, que venía planeando el golpe desde hacía ya un tiempo, siguió su rumbo tranquila y rebautizó la nave. Lo que antes era un bergantín de la marina holandesa, pasó a ser un legítimo y alocado barco pirata. A raíz de una astuta propuesta que hizo Doorn Idus (herencia de su breve estancia en la universidad de Bolonia), se implementaron las famosas A.I. (Asambleas Interminables) para resolver los grandes dilemas y la vida continuó como solía serlo: caótica. Pero eso no les importaba a los juglares; ellos eran ahora libres como chiquillos malcriados. Y el océano era su patio de juegos.
Según asegura la mayoría, los “juglares marinos” (nombre que usaban en broma y marcó sus vidas para siempre) se pasaron los siguientes dos o tres años pirateando por doquier. Algunos pocos garantizan que la orgía de saqueos y partuzas se prolongó durante más de 15 años y siempre con la misma tripulación; al perecer jamás ninguno de ellos desertó, murió o fue reemplazado… Difícil de creer tratándose de semejantes sabandijas. Sea como sea, en lo que todo el mundo coincide es en la naturaleza alocada de esta pequeña y bizarra tribu del mar. No sólo se dedicaban a robar oro y violar vírgenes, también coleccionaban caracoles y organizaban torneos de poesía improvisada.
A la mañana siguiente de la trágica muerte del Almirante Dor Vaal, las fuertes lluvias aún no amainaban y la tripulación del Tigre Egipcio iba y venía de una punta a la otra como poseída, ocupadísimos cada uno en sus imprescindibles responsabilidades:
El Apóstol y Bum Bum Kid jugaban a las bolitas en el puente (imaginen lo difícil que es hacer “oki” en esas condiciones). Romanicus –que por esos días tenía la cara en compota tras el impacto de una cornamusa que los muchachos, infantilmente, se arrojaban entre sí para lastimarse y reírse de ello- pulía los bronces con pomada y trapito gritando desquiciado: “¡Si nos hundimos, nos hundimos con estilo!”. El Panta y Nahik –bajo los efluvios de unas misteriosas plantas aromáticas- habían enjabonado la cubierta de estribor y, equipados con sus calzones deslizantes confeccionados con piel de foca, competían a ver quién resbalaba más lejos. Aldus “soy mongól y me la aguanto” Chónchulon, desnudo y lidiando con una de sus peores kurdas, hacía sendas chiquilinadas en el carajo, su rincón preferido en todo el barco. El cazador, estoico y ceñudo, mantenía el rumbo con su pie derecho mientras se tomaba, de a sorbitos, una botella de jerez.

La isla de las Chichís
A pesar de semejante profesionalismo, el viento y las fuertes corrientes -que molestaron a más de tres ocasos en aquellas latitudes del pacífico oriental- consiguieron desviar la embarcación de su trayecto original empujando a sus víctimas hacia aguas desconocidas.
Poseidón descansó por fin satisfecho. La tripulación, abatida, roncaba al unísono una sinfonía onírica de colosales proporciones. Pasado un tiempo, los rayos de un sol amigo abrieron los ojos de Aldus “resaca curtida” Chónchulon, que estaba hecho un rollito en su carajo. ¡E p¥ta! –se le escuchó gritar en su extraño idioma, y luego- “¡Arriba los de abajo! ¡Tenemos tierra a la vista!”. Efectivamente, el Egipcio enfilaba directo hacia una figura oscura recostada en el horizonte, la imagen de lo que a todos les pareció una isla con forma de… ¡silueta de mujer!
Tetania, que en un antiguo dialecto bieloruso significa “Las curvas superiores de Eva" fue el nombre que Bum Bum eligió para llamar a esta arrogante formación rocosa depositada más allá de las cartas marinas barajadas en aquella época. De estilo marcadamente tropical -plagada de verde, humedad y potenciales plantas alucinógenas- Tetania resultó ser un lugar único en la tierra, pues estaba habitada por las nativas chichís, hermosas mujeres multirraciales pertenecientes a una tribu enteramente femenina, la milenaria tribu Chichí.



Ianomasmaní, emperatriz de la tribu Chichí


Allí, los “falus” (así llamaban a sus hombres-pareja) solían ser lo que en ese entonces resultaron nuestros envidiables amigos: unos fortuitos visitantes venidos de la mar. La costumbre marcaba una simple regla básica: Aquellos falus que encontraran la isla, podrían intimar con las chichís, bajo la condición de adoptar a todos los varoncitos nacidos de la mixtura; medida ésta que implementaban para asegurar su insólita estructura social sin tener que recurrir al infanticidio (lógicamente, eran chicas feministas pero también humanistas).
Todos habían escuchado rumores acerca de este insólito y a la vez excitante lugar, pero nunca nadie imaginó que algo así podría ser cierto. Los muchachos no lo dudaron ni un segundo; no había terminado aún la mañana y ya se oían algunas chichís sermoneando, decididas, a sus respectivos “falus” de turno.




Algunas de las misteriosas chichís, mujeres de deliciosos encantos y otros muchos artilugios. Éstas que vemos aquí -sin embargo- están bastante fuleras, por lo que los expertos sugieren que se trataría de las que quedaron fuera en la repartija de “falus”. La segunda de la derecha, no obstante, debilita esta teoría.

Alelaí, Barbalá, Nataí y Lurdilea eran cuatro de estas guerreras brujas, pues no sólo eran expertas en los encuentros “tet a tet”, sino que además dominaban las artes oscuras y tenían una excelente memoria para registrar todo lo que sus concubinos hacían “mal”. Eran muy recias y lo sabían, pero nuestros valientes amigos no se andaban con exigencias; como cualquier marino bien machote, gustaban de las mujeres y con eso ya era suficiente.
El intercambio de fluidos duró lo que tenía que durar para cada uno y -tras unos lujuriosos días de juergas, relajo y viajes psicodélicos- la tripulación se vio en el aprieto de tener que hacerse cargo de cuatro chiquillos recién nacidos. Ellos eran: Olivo (un negrito alegre y movedizo que nunca dejaba de comer y preguntar), Xavier (siempre callado y meditabundo, se dormía hasta cuando hacía la plancha), el pequeño Facunino (al principio era un poco tímido, pero lo superó y treinta años más tarde fue proclamado emperador de Kurdistán), y Mexxi (era un dotado en el “melón pie”, pero jugando con en las arcas de los piratas, se golpeó con un copa de oro en la cara y nunca se recuperó).




El pequeño Facunino con su madre en el momento de la despedida. Ella nos muestra una placa en la que reza “Siempre estaré contigo, mi dulce Facunino. Hace caso a lo que te dicen y nada de comerse los mocos”.





Olivo

Entre sollozos (piratas incluidos) y promesas falsas de prontos encuentros, los estables del egipcio levaron ancla y una vez más se dirigieron hacia lo desconocido. Mil aventuras más les estarían esperando. Y otras mil encontrarían ellos por su propia y bendita cuenta.


Todo el mundo los conoce como “los alegres juglares marinos”. Ellos son los piratas de la loca mar.

11/8/08

LA ENTREVISTA, por Niko Gadda Thompson (parte III)

Jingle del programa de Larry

Vincent (subiéndose la bragueta): …y así es como los bosquimanos resuelven sus disputas.

Mitzuca: ¡Dímelo a mí!

L.Q.: ¿Estamos en el aire? ¡Claro que sí, mis queridos amigos! Hemos vuelto, una vez más, con nuestros invitados de lujo Vincent von Srautsen y Mitzuca Chinycó.

Vincent: ¡Ya le dije que mi apellido es Streit..!

L.Q.: Estimado Vincent, según mi entregado equipo de investigadores, su padre…

Vincent: Joseph Von Streitsen.

L.Q.: Fue conde.

Vincent: Nunca la gustó alardear de ello.

L.Q.: Nacido el primero de noviembre de 1893, su padre se crió entre cojines bordados por la servidumbre de la elite holandesa y fue nombrado conde cuando contaba con tan sólo 10 años.

Vincent: Correcto.

L.Q.: Durante su juventud gozó una fugaz pero suculenta carrera en Hollywood como actor secundario de películas vanguardistas y, tras sufrir un misterioso desencanto amoroso, volvió a su tierra natal, conoció a su madre –la majestuosa Gloria Gray- y se casó con ella.


Gloria Gray, madre de Vincent (Haarlem, Holanda – 1932)

Vincent: Efectivamente, Larry. Primero trabajó como iluminador en algunas películas impresionistas de su amigo el teutón Wayne Roberkraüss, pero por alguna razón no tuvieron mucho éxito. Años más tarde, se embarca al "nuevo mundo" para hacer un postgrado de filología comparada en la Escuela de Maestros del Sur de California y fue entonces cuando conoce a los hermanos Marx. En seguida se hace amigo del grupo -especialmente de Groucho- y consigue así participar en una de sus películas.


Joseph Von Streitsen, el padre de Vincent, como extra en una peli de los hermanos Marx; se cree que se trata de “Humor Risk”, lanzada en 1921, la cual –según cuenta la leyenda- sólo se exhibió una sola vez en función privada.


L.Q.: ¡Ilustre privilegio!

Vincent: ¡Y que lo digas, Larry! Esos tíos redefinieron el sentido del humor. Aunque el verdadero Groucho no era el hombrecillo absurdo y simpático que todos conocemos; solía refunfuñar más de lo recomendable y era muy, pero que muy tacaño.

Mitzuca: Como uno que yo conozco…

Vincent: ¡Blasfemias! ¡Yo no soy tacaño! Sólo cuido aquello por lo que no quiero perder mi tiempo en recuperar.

Mitzuca: No sé por qué te das por aludido. Me podría estar refiriendo a cualquier otro. A Larry, por ejemplo.

Vincent: ¡Sí, como no! El señorito no repara en sus finanzas cotidianas. El señorito se defeca olímpicamente en el porvenir de su existencia. ¡El señorito es libre, jovial y perfecto!

Mitzuca: Así es.

Vincent: ¡Y su viejo amigo tiene que rescatarlo, una y otra vez, de la pintoresca y alarmante miseria! Me haces daño, Mitzuca.

Mitzuca: ¡Anda ya! Pareces una niña.

L.Q.: Señores, por favor; ¡dos colegas como ustedes!

Mitzuca: Tienes toda la razón, Larry. Procuraré acordarme de no olvidar lo que siempre es bueno tener presente.

Vincent: Sí, claro. Acordarte de humillarme en frente de millones de televidentes.

Mitzuca: ¡Ja! Estaba pensando en nuestra amistad, pero eso también es importante. Y no creo que sean millones...

L.Q. (apresurando el corte de otra inminente embestida): Volviendo a la directriz de nuestra entrevista…

Vincent: Durante el verano del 34, Groucho se hospedó un par de semanas en el castillo de la familia cuando el pobre diablo decidió tomarse unas vacaciones tras el agotador frenesí que significó filmar “Sopa de Ganso”.

Mitzuca: Entonces Groucho conoció a Vincent, que tan sólo tenía un añito, mi chiquitito (apretándole un cachete), y lo apodó “Little Vamp” en alusión al romance entre bastidores que Joseph sostuvo con Theda Bara, la primer femme fatale de la industria del cine.

Vincent: Este mote, por supuesto, permaneció lejos de los oídos de mi pobre madre.

Mitzuca: Sabido es que donde don Joseph ponía el ojo, don Joseph ponía la toronja.

Vincent: Todo un playboy, mi buen padre. Un galán de la vieja escuela

Mitzuca: Una verdadera inspiración para muchos de nosotros, claro; excepto para su propia progenie, como ya lo habrán notado.

Vincent: ¡Eso no tiene nada que…

L.Q.: Mis queridos y antagónicos personajes al borde de lo trillado; como ustedes saben, el tiempo no sabe de demoras, así que ¿les parece si retomamos el hilo de lo que nuestro querido Von Strujen estaba relatando?

Vincent: ¡Mi apellido no es von Struj..!

L.Q.: Algunos de sus miembros son en verdad increíbles, estimado Vincent. A modo de ejemplo está su “medio tío” sudafricano, de nombre Thulani…

Vincent: ¡Ah, el viejo y misterioso tío Thulani! Fue el ídolo supremo de toda mi infancia. Era bastante mayor que mi padre (nació en 1872, o sea que le llevaba 21 años), vestía siempre con esos exóticos batiks multicolores y tenía una cicatriz en el costado izquierdo de su rostro que iba desde la oreja hasta la comisura del labio.

L.Q.: Un encuentro desafortunado con alguna fiera salvaje, ¿tal vez?

Vincent: Nada de eso, Larry; se enganchó con un clavo jugando a la mancala.

Mitzuca: Tal vez iba perdiendo y se hizo daño a propósito para cancelar el juego y evitar la humillación.

Vincent: Eso es algo que sólo tu serías capaz de hacer, mi querido amigo.

Mitzuca: Nunca falla.

Vincent: Mi tío se aparecía por el castillo una vez por año y siempre me traía algún regalo maravilloso, como el colmillo de un elefante, las garras disecadas de un león o las últimas historietas de “All-Flash Quarterly”. Fue uno de los primeros cazadores furtivos devenidos ecologistas con el correr de los años. Llegó a conocer al ilustre Jacques Cousteau un año antes de su muerte. El joven Jacques le hizo un bonito homenaje bautizando a un erizo de mar “Echinoidea Thulanis”.


Retrato en carbonilla de Thulanis, el medio tío de Vincent, por un descdonocido artista local (Barberton, Sudáfrica - 1891)

L.Q.: ¿Y de dónde proviene este Quateremain personalizado? ¿Su abuelo acaso no era holandés?
Vincent: Efectivamente, Larry. Sucede que mi abuelo, Johan Von STREITSEN (remarcando bien el apellido a ver si el idiota de Larry lo pronuncia correctamente la próxima vez), durante su época de estudiante en la Universidad Libre de Bruselas, se encaprichó afectivamente con una señorita llamada Mbhali Ó Conaill…

Mitzuca: Una preciosa mestiza sudafricana fruto del amor sincero entre una campesina zulú y un disidente irlandés.

Vincent: En un arranque de pasión desenfrenada, engendraron a este niño -mi tío- apenas moreno y de finos rasgos inclasificables.

Mitzuca: Rechazada firmemente por sus rígidos y mojigatos bisabuelos, quienes veían en este acontecimiento una molestia indecorosa para la prominente carrera de su único y malcriado heredero, Mbhali se termina cansando de todo el asunto y se vuelve con el niño de nuevo a su patria.

L.Q.: Una mujer mestiza y madre soltera camino al epicentro de la intolerancia racial por aquellos tiempos. Debió haber sido muy duro para ella, no caben dudas. Todo aquel karma sociopolítico sobre sus espaldas…

Mitzuca: Y bajo sus pechos, un hambriento bebé recién nacido.

Vincent: Por suerte, no estuvo sola mucho tiempo. Al año de volver a su Pretoria natal, se enamoró perdidamente de un trekboer...

Mitzuca: Aunque cueste creerlo.

Vincent: ...llamado Jan Christiaan Cronje y juntos fundaron la primer ONG nacional en pro de la integración racial llamada “Organización Transcultural y Anarquista por la Liberación Universal de las Masas”.

Mitzuca: M.U.L.A.T.O. en sus siglas originales; claro que esto es una fortuita, aunque alegre, coincidencia.

Vincent: Joseph, mi padre, conoció a su medio hermano, rebautizado como Thulani Cronje O´Conaill, mucho tiempo después…

L.Q.: ¡Ya les decía yo; una historia realmente increíble!

Vincent: No es para tanto, Larry. El mundo está lleno de historias como esta.

L.Q.: Veo que es usted un hombre muy modesto.

Mitzuca: Además de tacaño.

Vincent: ¡Mitzuca, pequeña sabandija nipona, te voy a...!

L.Q.: Calma, calma por favor, señores. Prosigamos con esta esquizofrénica entrevista lo más civilizadamente posible, se los ruego. Así que volviendo al tema central, mi querido Vincent, según mis fuentes usted se cría con niñeras e institutrices en el ala oeste del “Luguber Kasteel”, la inmensa y escondida propiedad de su familia ubicada en las afueras de la capital holandesa.


Vincent de niño (Mónaco, 1942)

Vincent: Así es, Larry querido. Y a los 15 años me mandan a un internado en Apeldoom y de ahí para Oxford a estudiar filología, siguiendo los pasos de mi padre.

L.Q.: Una vez recibido, se alista en el cuerpo de paz y conoce África. La razón –al parecer una constante en su familia- tiene que ver con los caprichos del corazón, y cito: “Me fui a Camerún sólo por seguir a la única mujer que realmente ha amado en mi vida”.

Vincent: Sophia Hampton era su nombre; la mujer más maravillosa que jamás conocí… Murió el 2 de abril de 1961 en una matanza perpetrada por los… pues por los guerrilleros de turno. Los detalles de esta historia me los llevo a la tumba.

L.Q.: Entiendo perfectamente, Vincent, y estoy seguro que nuestra audiencia lo entenderá también.


Dibujo en lápiz de Sophia Hampton. El dibujo es de Vincent y la fecha está borrosa, pero se trata del año 1960, meses antes de su muerte.

Vincent: Gracias, Larry. Eres un buen hombre. Sigue tú, Mitzuca

Mitzuca: El pobre muchacho, destrozado por tamaña tragedia, comienza una travesía onírica muy flashera que lo lleva a recorrer sin rumbo la jungla del Congo y el desierto del Sahara hasta llegar a la costa occidental y embarcarse desde Marruecos en la primera patera que surcó del Atlántico hacia las Islas Canarias.

Vincent: Aprovecho la ocasión para mandarles un hálito de aliento a todos mis compadres que arriesgan sus vidas, no ya para regresar a sus hogares, sino para alcanzar esa falsa promesa en la que se ha convertido mi viejo, viejo mundo.

Mitzuca: Desde Tenerife vuelve a su Holanda querida por unas semanas, visita a la gente que tiene que visitar en Ámsterdam y se recluye, sediento de soledad, en el castillo de su familia.

L.Q.: ¿Y esto sucedió en qué año?

Vincent: Agosto del 63. Tenía casi 30 años.

L.Q.: ¡Fascinante! ¿Ya tenemos un corte? Parece, amigos, que hemos llegado al final de este bloque. ¡No se vayan muy lejos que en seguida regresamos con más!

Mitzuca: ¿Queda algo de ese Glenfiddich que me prometieron?

Vincent: Para mí una limonada con dos cucharadas de azúcar, por favor. Que sea de jugo natural, si es posible.

Jingle de cierra de bloque del programa de Larry

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Continuará…

10/8/08

EXPLOSIÓN EN BOUGAN VILLE, por Mitzuca Chinycó

Dos ciegos iban 15 a 14 en un partido de ping pong cuando, súbitamente, sintieron un terrible estruendo. Lo que parecía ser una explosión distante, dibujó en el horizonte una densa nube con forma de clavel. Los muchachos no lo vieron, aunque uno pudo olerlo y el otro saborearlo.
Al tuerto Manchuria, ilustre borrachín del barrio de insinuado aspecto cantonés, no lo sorprendió en absoluto. Hacía años que vivía con la esperanza de perder lo poco que quedaba de su cordura y la noche anterior lo había conseguido en el patio trasero de un motel.
Giuseppe, en cambio, sintió en seguida la certeza de que pronto mutarían muchos de sus genes. Segundos antes del estruendo, caminaba despacito masticando ideas plañideras cuando al girar la cabeza, y luego de unos escasos aunque indefinidos segundos de marcha ciega por la atención prestada a la estrambótica catástrofe, sintió un fuerte golpeteo en sus costillas seguido de una ronca voz a la altura del ombligo que decía: “¡Mira por donde andas, niñaco distraído!”, increpación -con escupitajo al suelo- que un gerente de aspecto amargo propinole tras rozarlo éste apenas con su brazo izquierdo. “Disculpe, buen hombre”, fue la atrevida respuesta de Giuseppe quien, con refinada picardía, culminó la frase dando un saltito piamontés.
Y sucede que aquel vejestorio, aunque calvo y demacrado, no cabían dudas que era toda una mujer.

16/7/08

LA ENTREVISTA, por Niko Gadda Thompson (parte II)

Jingle de apertura de bloque del programa de Larry

L.Q. (quién, sentado en un sillón horrible color mostaza, aparenta terminar una frase graciosísima justo en el momento previo a estas palabras): Aquí estamos, una vez más, en nuestro primer ciclo de entrevistas inclasificables y nos estamos deleitando con estos dos inusuales caballeros quienes han venido a contarnos un poco acerca de sus vidas. ¿Cómo la están pasando, señores?

Mitzuca: Estoy tan a gusto aquí, Larry, que ahora mismo me echaría una siesta.

Vincent: Creo que a mí me cayó mal el bacalao.

L.Q.: ¡Que desgracia, mi querido Vincent! ¿Si se siente usted muy mal?

Mitzuca: Señores, sus narices están a punto de vivenciar una de las experiencias olfativas más traumáticas después del basural y las colonias de elefantes marinos. Personalmente les recomiendo que huyan despavoridos.

Vincent: ¡Ups! Demasiado tarde.

La cara de asco de Larry nos revela el nivel de pestilencia que posee la evacuación del holandés. Se escuchan tosidos frenéticos y exclamaciones murmuradas por doquier. Mitzuca, mientras tanto, permanece inmutable y remata con un…

Mitzuca: Tuvimos suerte de que fuera uno de sus "suavecitos".

Risas de un público que, inspirado en las indiscreciones de nuestros protagonistas, comienza a revelarse contra las normas del programa y hace caso omiso a las indicaciones del monigote que marca con cartelitos estúpidos lo que tiene que hacer.

L.Q. (ya casi recuperado de la sofocante interrupción): Mi amigo Vincent; ¡a usted sí que le cae mal el pescado! Es una suerte que nuestros auspiciantes no vendan bacalao. Así nos dejarán seguir con el programa.

Vincent: Por favor, disculpen a mi esfínter. Dice que no volverá a suceder.

L.Q.: Y así lo esperamos. Bien, volviendo al hilo de la entrevista, por lo que tengo entendido –señor Mitzuca- usted tenía 9 años cuando dejó su país natal y fue a parar a Mongolia, donde estuvo allí unos meses en un orfanato hasta conseguir trabajo en una de las tantas y hoy famosas caravanas nómades.



Warutsu Takeshi -madre de mitzuca- en sus épocas de soltería. Aquí la vemos debutando como corista en El Dragón Erguido, famoso cabaret nipón (Okazaki, 1926)

Mitzuca: Así es,Larry. Una caravana esteparia de recios mongoles. Gente ceñuda la de aquellos lares, pero muy bondadosa. A mí me hacían sentir como un mongolito más, mimado y azotado por igual como el resto de los niños.

L.Q.: ¿“Azotado”?

Mitzuca: Una travesura mal planificada podía transformarse en una tragedia por aquellos caminos. ¡Imagínese usted tirarle tierra en los ojos a un yak, que el pobre y chirriante animal se desbande precipicio abajo con todos los enceres de la cocina y que a uno no le propinen por ello ningún castigo en absoluto! No, señor. Aquello significaba, como mínimo, unos veinte rebencazos en la rabadilla, a diez por nalga.

L.Q.: Entiendo. ¿Y por qué decidió usted abandonar Mongolia?

Vincent: Lo azotaban demasiado.

Mitzuca: ¡Ja, ja! ¡Tú callate, viejito pedorro! Sí que era un niño bastante movedizo, lo admito, pero la razón no tenía tanto que ver con lo que dejaba atrás, sino más bien con lo que venía adelante. De muy pequeño ya me había dado cuenta que vivir es viajar y viajar es moverse. En el camino quedan los recuerdos y los seres queridos. A algunos de ellos podemos visitarlos y a los otros… pues estarán siempre con nosotros.

Vincent: Esto es lo más cursi a lo que mi amigo puede aspirar.

Mitzuca: Golpéame con furia si vuelvo a hacerlo, colega.

Vincent: Sabes que lo haré.




Aldus Chonculon III, Kim Go Khum y la pequeña Tak, familia mongol perteneciente a la caravana en la que participó Mituzca

Mitzuca: Como les decía, la caravana cruzó la frontera nacional con la intención de vender sus productos en China. Así fue como llegué a Turpan, en el noroeste del país, cerca de las “montañas flameantes”, y por allí me quedé unos años hasta que a los… catorce, más o menos, decidí continuar mi camino.

L.Q.: Aquí tengo anotado que en una oportunidad aclaró usted que se fue de China porque, y cito: “el modelo de sandalias que allí se usaban me apretaba demasiado en la zona del empeine”.

Mitzuca: ¡Ah, insoportables, mi querido Larry! Veo que no está usted tan mal informado, después de todo.

L.Q.: De allí se dirige al sur y recorre -a pie- el Tibet, Nepal, Bangladesh y termina en la India donde permanece por un par de años hasta que en 1953 viaja al Líbano y se interna en un templo musulmán en Tarabulus donde estudia durante años filosofía clásica, mística islámica y repostería artesanal.

Mitzuca: Así es.

Vincent: El señorito prepara las mejores “muhalabiyas” de todo el hemisferio occidental.

L.Q.: Y en 1961 se muda a Inglaterra, pero no sin antes tomarse un añito sabático embarcado en el velero de tres mástiles que le presta un jeque amigo suyo, el magnate de los pikles libaneses Mohamed al Dalí (presunto pariente lejano del famoso pintor catalán) con el cual recorre el Egeo y, claro, encuentra la inspiración para escribir sus primeras obras de ficción: “Ahora sí que no”, “Las tetas de Yael” y “Abuelita reencarnó en un mastín napolitano”, entre otras.
De ahí, como ya dijimos, se va para Inglaterra y…

Mitzuca: Recuerdo muy bien aquellos primeros atisbos de narrativa en prosa –todo muy autobiográfico- y también recuerdo a mi querido Mohamed… Era un hombrecillo ceñudo y despótico, pero en el fondo tenía buen corazón. “Mis súbditos son como niños mansos -solía decir con la mirada puesta en el horizonte- los tengo cagando para que no descubran lo divertido que es importunar”. Y sí, de ahí me fui directo para Inglaterra.



Klotus, una de las tantas mascotas de Mitzuca (Londres, 1963)

L.Q.: Donde, entre otras cosas, formó parte del movimiento psicodélico que después dio lugar al p-funk, ¿no es así?

Mitzuca: Algo así.

Vincent: Déjamelo a mí, Mitzuca; me encanta esta historia. Resulta que una familia negra de jamaiquinos se muda cerca de la casa donde vivía Mitzuca, ubicada en pleno Hampstead.

Mitzuca: Un barrio de blancos de lo más paquete.

Vincent: Y al poco tiempo conoce al padre de la familia, Bob Tosh, un gran bajista de reggae y soul, con el que formaron una banda a la que pronto se suma otro vecino en común que era guitarrista y -no me lo van a creer- judío de pura cepa.

Mitzuca: A mí siempre se me dio más por la percusión.

L.Q.: ¡Así que tenemos un negro, un japonés y un judío componiendo música en el Londres de principios de los 60´s!

Mitzuca: Créeme; es más trillado de lo que parece, Larry.

Vincent: Sa com sea, se “prendían unas velas” -como dicen los jóvenes de hoy en día- y se ponían a zapar.

Mitzuca: A los demás vecinos no les hacía ninguna gracia, por supuesto, y tuvimos algunos problemas con las autoridades.

Vincent: Por eso, un poco artos de toda esa mierda, le entregaron la única cinta que tenían grabada a un tal George Clinton, que era un amigo yankee del jamaiquino, para que hiciera con ella lo que quisiera. Así, señoras y señores, nació el p-funk. ¡¿No es fabuloso?!

L.Q.: ¡Ya lo creo que sí! Es una pena que no haya cobrado derechos de autor, señor Chinycó.

Mitzuca: ¡On contraire, mi querido Larry! El desinterés puede ser una artimaña bastante lucrativa. Años más tarde, Clinton me reconoció el favor regalándome una cabaña preciosa en Maui, la cual aún conservo.


“Funky Shack”, la cabaña de Mitzuca en Maui, Hawai

Vincent: Allí degusté mi primer joghurt descremado.

L.Q.: ¡Fascinante! Pero parece, amigos televidentes, que una vez más tenemos que interrumpir a estas dos leyendas vivientes con publicidades de licuadoras y jabón en polvo. ¡No se vayan muy lejos que enseguida regresamos con más!

Mitzuca: ¡Qué bueno! Aprovecharé para echarme una meada.

Vincent: Yo también.

L.Q.: Señores, por favor, sus micrófonos aún siguen encend…

Jingle de cierre de bloque del programa de Larry

Continuará…

10/7/08

MANIOBRA DE EMERGENCIA EN CAÍDA LIBRE, por Niko Gadda Thompson

Mi abuelo murió cuando mi padre era aún un niño muy pequeño. Sucedió unos meses después de aquel fatídico accidente del 9 de Julio de 1946 en las afueras de Bridgeport, Estados Unidos.



Nacido en 1905 en la ciudad de Esperanza (provincia de Santa Fé). Criado bajo el ala de una familia tradicional de clase media, el señorito Carlos Manuel Gadda, a los 10 años de edad y los ojos bien abiertos, toma una retunda decisión que cambiaría su destino para siempre. Cinco años más tarde, se muda a Buenos Aires para cursar los estudios secundarios en la Escuela de Mecánica de la Armada. Este jovenzuelo del interior, ingenuo, de culo inquieto y sobretodo muy testarudo quería, por sobre todas las cosas en este mundo, volar.
Como en aquellos tiempos aún no existía la carrera de ingeniería aeronáutica en la Argentina (ni siquiera en el plano militar), ni mucho menos la de piloto comercial (apenas si existía como concepto), la única posibilidad que tenía un paisano para pilotear aviones en aquellos tiempos de pioneros, era alistándose en el cuerpo militar para estudiar –primero que nada- ingeniería naval en la Escuela Naval Militar (de la cual Carlitos se recibe con honores en 1927) y luego aplicar para una beca de estudios en el exterior y rogar al cielo y al infierno (daba igual) para que te la concedieran. Todo esto le ocurrió al abuelo, y claro que le mereció una buena dosis de esfuerzo, paciencia y perseverancia, pero aquí estamos hablando de una persona que siempre supo muy bien lo que quería y no hizo otra cosa que eso: hacerlo.

Volviendo a aquel 9 de julio en Bridgeport, el entonces Capitán de corveta ingeniero Gadda se encontraba allí en misión oficial para analizar, testear y –eventualmente- adquirir en nombre del Estado argentino una partida de helicópteros S-51 de la firma Sikorsky, recién sacaditos del horno.



Algunos meses atrás había hecho lo mismo con tres o cuatro submarinos que le compró al ejército italiano en representación de nuestro país, algunos de los cuales todavía hoy se pueden ver -oxidado e inofensivo- en el puerto de Mar del Plata. Como ven, el muchacho se dedicaba a este tipo de cosas. ¡Y era todo un personaje! Aún siendo militar...
Según me han contado, el abuelo era un muy buen tipo, y bastante cómico a su manera. Tenía, por ejemplo, la capacidad de hablar en inglés exagerando casi todos los acentos europeos, cosa que de seguro rompería muchos hielos en los acartonados círculos de oficiales. También me han dicho que era uno de esos fanáticos de la velocidad, y debería ser cierto porque además de pilotear aviones (estamos hablando de finales de los 20 y principios de los 30), supo tener una Bugatti de las últimas -algo así como una Lamborghini Gallardo por estos días- que se trajo de Londres después de pasarse cinco años (1928-32) entre la capacitación en un curso especializado de ingeniería aeronáutica y los entrenamientos prácticos nada menos que en la R.A.F., la Real Fuerza Aérea. Efectivamente, había consiguido su beca.
Cuando se comprometió con mi abuela decidió vender la Bugatti para invertir el dinero en su nuevo proyecto conyugal, y un viejo amigo -al enterarse de la cuestión- le envió un telegrama oficial con la frase: “¡Doble error, my dear Charlie!”.

En fin, tras efectuar un tranquilo y satisfactorio vuelo de rutina con un ejemplar de los nombrados Sikorsky (uno de los primeros modelos que se fabricaron en todo el mundo), el ingeniero –que nunca se limitaba a los aburridos protocolos- dio la orden de efectuar una última maniobra de prueba: la maniobra de emergencia en caída libre…
Desprovisto de su cinturón de seguridad para poder acercarse al piloto y así tener una mejor perspectiva del ejercicio, nuestro protagonista se encontraba en cuclillas junto al timón de mando. Para que tengan una idea del asunto, dicha maniobra comienza con el apagado del motor, lo que –obviamente- provoca una caiga en picada de la nave. La misma caída genera la auto-rotación de la hélice mayor, proporcionando así una leve sustentación al helicóptero con la suficiente resistencia como para que el piloto pueda efectuar un aterrizaje “acústico” de emergencia.
La cosa venía bien hasta que, de repente, la tuerca “madre” que afianzaba la hélice -aflojada por las vibraciones mal absorbidas- se desprende, soltándose primero una de las palas y luego la hélice completa. El S-51 cae cual peso muerto por los siguientes 50 mts e impacta contra el suelo de cemento a una velocidad de 110 km/h. El ingeniero Gadda es arrojado con violencia contra los mamparos del fuselaje, con su cuerpo rompe uno de los vidrios reforzados de la cabina y con el envión restante sale expulsado al exterior cayendo 12 mts más lejos. Segundos más tarde, el S-51 parece la obra conceptual de algún escultor con problemas psiquiátricos, restos del fuselaje quedan desparramados a cientos de metros del punto de impacto y los tripulantes -vapuleados pero aún con vida- son auxiliados inmediatamente. Mi pobre abuelo también sobrevive pero el destino le regala una rotura total de su columna en un punto próximo a la base del cráneo y un corte transversal de la medula espinal, la cual queda literalmente desflecada...
Primero lo internan en los Estados Unidos. Mi abuela se toma un vuelo de cinco escalas y 24 hs. hasta el hospital en Bridgeport. Días más tarde, y con la asistencia de una enfermera americana, lo trasladan -en barco- hasta Buenos Aires. Tras 4 meses de agonía y un largo duelo compartido en vida con sus amigos, su esposa y sus dos pequeños hijos, estira la pata el 15 de noviembre de 1946 a las 11 de la mañana.

Esta es una historia que ya desde niño me impactó soberanamente (tal vez por el hecho mismo de que fuera, justamente, un niño) y juré que alguna vez la escribiría. Bien, ya está hecho; de manera escueta y tal vez un tanto descarnada, pero está. Sólo espero que mi padre -quien aún cuando no conoció lo suficiente al suyo se emociona cada vez que lo recuerda- no se enfade conmigo por hacer que sea de todos, algo que siempre fue tan suyo. Con eso me bastaría, aunque nunca me sobrará. Tal vez algún día escriba un poco más.

Miembros de la comisión argentina en Bridgeport:
Contralmirante Remo Julio Tozzini
Capitan de navío aviador naval Ernesto Mazza
Capitan de corveta ingeniero aeronáutico Carlos Gadda
Capitan de corveta aviador naval Vicente Baroja
Capitan de corveta ingeniero aeronáutico Federico Hachard
Capitan de corveta médico Alfredo Walker